EL PATRIMONIO CULTURAL BAJO FUEGOA tres años de su inicio, la guerra en Siria dejó más 110.000 muertos y un país colapsado que, entre otras cosas, día a día pierde su historia. La cuna de la civilización está en manos de saqueadores.
Alissa J. Rubin (*)
Para los arqueólogos franceses Pierre Leriche, de 73 años, y Jean Claude Margueron, de casi 80 años, que pasaron décadas descubriendo el rico pasado de Siria, es demasiado doloroso ver su triste presente.
La guerra civil ha hecho que, desde hace ya tiempo, el trabajo sea imposible en las ciudades, casas y los templos antiguos, donde otrora trabajaron pacíficamente para comprender civilizaciones de antaño. Ahora llega un creciente número de informes que documentan el grado de daño infligido a uno de los registros históricos más importantes del mundo, incluidos la destrucción física por los combates, el saqueo rampante de los sitios arqueológicos y de los museos, así como de otras colecciones.
La descripción que surge de los académicos, de la Unesco y expertos en Siria, es la de un país que está destruyendo su historia cultural. «La situación ahora es absolutamente terrible», señaló Leriche, profesor de arqueología en la Ecole Normale Supérieure, una de las universidades más prestigiosas de Francia, quien trabajó durante 25 años en un sitio junto al Eufrates. Señaló informes de excavaciones ilegales en unos 350 lugares allí donde él trabajaba, y comentó: «Llegaron con martillos neumáticos. O sea, destruyeron todo».
Margueron trabajó en otro sitio en el Eufrates, en Mari, que data de hace 3.000 años. «Mari fue una de las primeras civilizaciones urbanas donde vivió el hombre», señaló en su modesto departamento, lleno de muebles y alfombras tradicionales árabes. «Si saqueas Mari, destruyes Mari. Son pérdidas irremediables».
Leriche y Margueron son sólo dos arqueólogos de Francia, Bélgica, Italia, Gran Bretaña que pasaron años descubriendo la historia de Siria y de paso el mundo de los antiguos griegos, romanos y los primeros años del islam en Levante. Unesco trata ahora de catalogar y recuperar los artefactos sirios robados, trabajando con los académicos, coleccionistas y autoridades en los países limítrofes.
Cuando comenzaron los combates en 2011, había al menos 78 equipos de arqueólogos, muchos que incluían académicos de habla francesa que trabajaban en el país, en parte un legado del mandato francés en Siria, y había prolongados vínculos culturales entre ambos países, dijo Samir Abdulac, un sirio que vive en Francia y es secretario general del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios.
Se están dando tres tipos de destrucción, señalaron Abdulac y Nada Hasan, la jefa de la unidad de los Estados árabes de Unesco: la destrucción de sitios arqueológicos por los combates; el saqueo y el pillaje en los sitios y el robo en los muesos; siendo éste último el menos grave hasta ahora, aunque hay informes de robos en el museo Hama y varios otros, con frecuencia realizado por ladrones altamente profesionales que parecen llegar a sacar piezas específicas.
Las ciudadelas y los castillos han sido particularmente vulnerables en los combates, a menudo construidos en puntos elevados para que los soldados de la antigüedad pudieran detectar la llegada del enemigo. Lo mismo sigue siendo cierto hoy, y los rebeldes reclaman periódicamente sitios, como el famoso castillo de los cruzados, Krak des Chevaliers. Luego el ejército sirio regresa el ataque para recuperarlos, dañando, casi inevitablemente, muros, techos y esculturas antiguos. A veces, los sitios cambian de manos dos o tres veces y cada una causa más daños.
El saqueo y el pillaje se han dado en gran medida en las zonas bajo control rebelde, pero también en los sitios disputados. Cuando comenzó la lucha y los arqueólogos extranjeros salieron del país, los guardias locales, a quienes ya no se les pagaba, abandonaron sus puestos. Los habitantes locales, desempleados, desmantelaban las estructuras donde los arqueólogos habían almacenado los hallazgos todavía sin catalogar, como fragmentos de alfarería y pequeños artefactos; irrumpieron en los museos de sitio y robaron ventanas y puertas, la madera utilizada en la construcción de los edificios, el cableado eléctrico y hasta la tubería.
«Se trata de personas pobres en una crisis; uno se preocupa por ellas», dijo Agnès Vokaer, directora de campo del equipo de arqueólogos belgas en Apamea, uno de los sitios romanos más grandes de Siria. «No hay teléfonos, ni electricidad; no hay combustible para echar a andar la maquinaria agrícola; ya no hay comida».
Los arqueólogos se sienten muchísimo más perturbados por lo que sucedió después. Llegaron combatientes extranjeros y, con ellos, criminales que adoptaron un enfoque más implacable. Para finales de 2011 o principios de 2012, dependiendo del sitio, estaban trabajando con equipo mecanizado para excavación y martillos neumáticos, y, al parecer, tenían una idea clara de lo que querían.
«Tenemos aproximadamente mil personas trabajando cada día que buscan monedas, objetos, algo que vender», señaló Leriche sobre su sitio en Douros Europos, y agregó que los ladrones trabajaron con detectores de metales, cavando en la tierra cada vez que suena la máquina.
También cavan buscando mosaicos, señaló Hasan de Unesco. Líbano interceptó 86 mosaicos saqueados de Siria y los regresó, pero es un porcentaje reducido.
Vokaer, quien trabajó 10 años en Apamea antes de irse a finales de 2010, describió vistas aéreas, tomadas en 2012, que muestran el sitio tan lleno de agujeros -evidencia de excavaciones ilegales- que parecía haber sido arrasado por morteros.
«Las casas tenían mosaicos de gran calidad», notó Vokaer. «Las iglesias también tenían grandes mosaicos y también las grandes arcadas estaban decoradas con mosaicos en las aceras».
Cuando empezó la guerra, el gobierno sirio, preocupado porque se repitiera lo que sucedió en Irak (donde los saqueadores entraron en un museo y se fueron con miles de objetos), emprendió el aseguramiento de colecciones en los 40 museos del país. Metieron los objetos más pequeños en bóvedas; guarnecieron otros, demasiado grandes para moverlos. Fue poco lo que los funcionarios pudieron hacer en algunos sitios arqueológicos, como el antiguo asentamiento de Palmira, con millas de extensión, además de cerrar con llave las rejas a sabiendas de que las podrían abrir rápidamente.
Los funcionarios eran optimistas en cuanto a que se podría persuadir a los rebeldes de que preservaran los sitios, aunque solo fuera para ellos y sus hijos, por ser sirios. Y, al principio, así fue.
«Pero ahora Siria está dividida en dos: todos están a favor o en contra del gobierno», dijo un funcionario involucrado en la preservación de antigüedades. «Uno quiere decir que la arqueología no asume una posición política, pero, para 2012, ya no teníamos ningún control de los sitios».
Más aún, conforme los combatientes se alinearon con Al Qaeda, los funcionarios de antigüedades ya no tuvieron voz.
«Los lugareños, cumplieron su promesa de guardar los sitios, pero el problema es Al Qaeda», dijo el funcionario. «Son fanáticos; le dijeron al curador de uno de los museos: `Usted es el cuidador de estatuas que van en contra de la religión`».
Musulmanes, tanto sunitas como chiítas, igual que los cristianos tenían raíces profundas en el país y respetaban juntos el patrimonio de unos y otros, la historia pagana del país, desde los siglos bajo regímenes de las antiguas Persia, Grecia y Roma. También tenía una comunidad judía y hay murales de sinagogas preservados desde hace mucho en un museo de Damasco, aunque son pocos los judíos que todavía viven en Siria.
Es difícil saber si esta generación o la siguiente podrán reclamar ese sentido de un pasado diverso y compartido, pero los arqueólogos y otros creen que si no hay algo para mostrarles a los sirios su pasado, la tarea será muchísimo más difícil.
«Los objetos no son solo piedras», notó Irina Bokova, la jefa de Unesco. «Se trata de la identidad del pueblo sirio, y destruir la identidad de un pueblo es un gran golpe para sus comunidades».
(*) The New York Times
Daños colaterales
17/Mar/2014
El País, Que Pasa- Alissa J. Rubin